El cuento que no debió ser publicado

El cuento que no debió ser publicado es, para el lector, todo un misterio. Inauguramos blog con un cuento de José Daniel Martínez (sí, yo mismo estoy escribiendo este artículo) sin corregir. Ya sé que soy poeta, mas este cuento lo dejé a medio hacer hace un año, justo cuando la poesía me empezó a cambiar la vida. A diferencia de los próximos artículos de este blog, este cuento está sin editar y sin corregir; supone un acto simbólico para suscitar interés en el lector y para motivar al autor a publicar a pesar de elaborar una obra imperfecta.

PRÓLOGO DE RIMA FÁCIL

Siento si a veces se me va a la rima, pero es que me puede lo que al verso me arrima. He escogido la prosa porque me hace libre no someterme a estructura alguna ni a apretado verso, ni a estrofas incoherentes. La vida ya aprieta bastante, aquí estoy con mis prosas, que no mis versos, para desoprimirte sin salir de la realidad, mas viendo del mundo la bondad.

Me encuentro navegando en este proyecto y conduzco este barco a alta mar, donde nadie lo ve pero donde la naturaleza lo siente. No es mío porque yo lo escriba, sino de la naturaleza misma, la cual lo había escrito antes. Quien lo lea lo sentirá suyo, no por ser de sentido abierto, sino lo contrario, pues se refiere a lo ya existente, a los pájaros del cielo, a las olas del mar, a la de rubio pelo y a la de morena faz. Surca el barco y azota el viento, ondulando el pelo de rubia y morena, vuela el pájaro jilguero.

Le puedo dar las gracias a una pareja de personas que ni se conocían entre ellas, las cuales eran mis protagonistas: hombre y mujer. Ellos se encontraron, en el mundo real, en la parada de Murcia (El Rollo). La mujer se dirigió al hombre, el hombre quedó cautivado con aquella mirada, yo observé la situación. Cuando la mujer se alejaba, el hombre la miraba completamente absorto, completamente enamorado, fue entonces cuando escribí una bonita historia acerca de este amor a primera vista.

En esta ocasión dejaré que las pausas no las haga ni el verso ni la coma, sino el corazón. Es por esto que pueden parecer faltas de puntuación lo que recursos al estilo son.


Capítulo 1

Una muchacha atisba a un muchacho, ambos esperan al autobús bajo un cielo gris. La muchacha le pregunta, el muchacho ni se entera, se va toda ella con sus trenzas a otra parte, ahora es el muchacho quien la atisva a ella, y ella se pierde, deja de ser vista por este muchacho, el cual quedó recién enamorado, el cual pasaba su vida pensando en su semirubio pelo. Y cada vez que por allí pasaba vislumbraba aquellos pasos imperfectos, el agitar de su cadera, pero aún más vislumbraba aquellos infinitos caminos, sus invisibles huellas.

Se ató bien los zapatos, siguió las huellas invisibles, iba avanzando por la acera grisácea, dejó atrás a una conocida tienda de pianos, la cual hacía esquina entre la calle principal y la secundaria, lanzó su mirada al fondo de la calle secundaria pero no la encontró, el cielo comenzó a llorar, su semblante palideció, fue entonces cuando se le ocurrió acercarse al resto de calles y comprobar si allí se encontraban las trenzas color semioro.

No encontró nada, siguió buscando en el resto de calles hasta dar con la más oscura y estrecha, la más siniestra. El cielo oscuro propiciaba la oscuridad gradualmente, no había farolas, el tiempo empeoraba, el muchacho corría para protegerse de las lágrimas de la lluvia pero se chocaba con las paredes de la calle, sus brazos, de tanto chocar, quedaron ensangrentados. Se refugió bajo un toldo, dirigió su mirada hacia sus brazos para comprobar sus heridas y bajo la mirada a un charco, el carcho la reflejaba, reflejaba el rubio pelo de la muchacha, bueno, no era del todo así, pues reflejaba el sol. Aunque había parado de llover, la búsqueda seguía su curso, o al menos eso se prometió el muchacho. Volvió a la parada de autobuses, la imagino en recuerdos, llegó su autobús y se montó.

Parecía que hubiera baches y la carretera era lisa, la rueda se rompió, se bajó el conductor para comprobarla y se montó otra vez para avisar a los pasajeros, les dijo que tendrían que esperar un buen rato fuera. Bajaron todos los pasajeros en fila india, cuando él bajó se encontró con un incandescente sol, con un brillo rubio, con aquellas trenzas, era el pelo de ella, alguien la llamó por su nombre: Miryam. Desgraciadamente, dejó de mostrarse ante sus ojos, se esfumó, él otra vez la buscaba pero no la encontraba, se alejó del autobús y siguió a su instinto, el cual le llevo lejos.

Estaba en el parque, bajo un árbol. Miró al cielo, atisbó una nube, fue entonces cuando comprobó la hora, cruzó las piernas y cerró los ojos. El mar calmó sus ganas de verla, el viento le dijo: qué bonita es. El sol del verano lo quemó, lo quemó en intenso fuego, en fuego voraz, que se alimentaba de su cuerpo, de su ansia de abrazarla. El mismo fuego se situó alrededor de un abrazo, ah, y hubo un beso, fue el primero y el último. Entrecerraba los ojos y el fuego aparecía intermitentemente según sus pestañas le permitían, pero ella también desaparecía intermitentemente por culpa del inmenso sol.

Habida cuenta de que aquel rozar de labios había sido su razón de vivir, se relajó y disfrutó de las llamas, disfrutó del dolor sin mesura, le rogó al viento el volver a abrazarla y el viento se lo concedió, ¡qué suerte, dos abrazos en un mismo viento!

Apareció y quedó la imagen estática, el pelo de sol, la piel de nube, ojos de césped y voz suave, voz de viento, viento que promovía la marea y que llenaba de brisa a sus pensamientos. Los granos de arena ardían del calor de sus entrañas, tanto fuego provocado por la ida y venida del de siempre, ¿de quién? Del amor. Observó las piernas de aquella mujer y alzó la mirada hasta su sol y se produjo el incendio.

No fue el sol quien lo despertó, sino el ladrido de un perro, pero el sueño permaneció despierto, y él vivió en sueños. Volvió corriendo a toda prisa al lugar en el que se encontraba el autobús, pero ya no estaba, pues había quedado durmiendo en ligero sueño durante una hora. Echó a andar y el cielo se hizo cada vez más noche, dejando como únicas luces a las estrellas, la luna y las farolas.

Ella no apareció, él no quedó saciado. Estaba ansioso de su presencia y, desafortunadamente, asumió que no iba a volver a verla, pues él frecuentaba aquella parada y ningún otro día la había visto. Nadie podría vivir en el pasado, o al menos eso es lo que el muchacho pensaba. Bueno, pensaba eso hasta que recapacitó, reconoció su realidad, su realidad era que la amaba y que jamás podría olvidarse de ese largo pelo color miel, ni de esas pestañas largas que el rímel las disfrutaba, ni de su corta voz pacífica y atrayente.

A la gente le gusta aburrirse con la persona adecuada, porque si alguien está aburrido con esa persona pero no se va significa que nunca se irá, pues aunque se aburra hay algo que le motiva a quedarse, el disfrutar de tu presencia. A este muchacho le pasaba esto mismo, que disfrutaba de la presencia de la susodicha.

Poco a poco se iba haciendo de noche, estaba muy de moda la canción All of me de John Legend y resonaba en la cabeza del muchacho, cuando la misma noche se hizo cerrada en su ciudad, señaló a la luna con su dedo índice con el brazo alzado y tuvo un nombre con el que llamarla, la llamó Miryam. Cada noche repitió este acto de amor creyendo ciegamente en su profundo sentimiento, no dejándose llevar por las circunstancias, simplemente recordando el motivo de que su corazón bombeara sangre al resto de su cuerpo, recordándola a ella

Pasaron las noches, pasaron los días, más no su imperecedero amor no cesó. El piso del muchacho era normalucho, tirando a cochambroso, dado que el edificio tenía sus añitos. Fue en este piso donde sucedió, ¿el qué? El amor. Él era consciente de que no podía estar con Miryam, en todos estos días no la había visto y probablemente nunca más la vería, sin embargo, tenía la capacidad de pensar por un momento que estaba con ella y sentir ese pensamiento como real, para ello debía de cerrar los ojos, tal y como hizo aquella vez en el parque.

Hoy se la he imaginado tres veces, bueno, quizá alguna más o quizá alguna menos, según como se cuenten. Si se cuentan de seguido serían una única vez, pues ha estado todo el día pensado en ella.

 

Capítulo 2

Los parques tienen bancos para que los padres se sienten mientras sus hijos juegan, lo cual es un absurdo, pues los adultos nunca dejan de ser niños y, como tales, deberían jugar entre ellos, padres e hijos. Jugarían revolcándose por la tierra y escavando en ella buscando gusanos, columpiándose lo más alto que pudieran hasta caerse y rasparse más rodillas, por desgracia, todo esto ya lo hacen. Se revuelcan en la tierra del dolor, encuentran repugnantes gusanos aún sin buscarlos, se columpian no una, sino varias veces y, en una de esas, el dolor los raspa por dentro. Tan alto se columpian que la caída puede desmembrar de ellos la parte más valiosa que tienen: su alma.

El muchacho llevaba unas gafas de sol, las gafas de sol se deberían llamar «gafas de no sol», en muchas ocasiones te evitan la molestia del incongruente destello, pero el resto de las veces te quitan el sol, y el sol es muy valioso. Las mismas gafas de sol le servían para ocultar la tristeza al muchacho, que desamparado buscaba su consuelo con vista, olfato, sabor y tacto. Todos sus sentidos la imaginaban.

Le encanta como el sol deslumbra en su cara, solo hay que mirarla para saberlo, tal es su brillo, que consigue que el narrador pase de la tercera a la primera persona. La acabo de ver y quiero disfrutar de su presencia, pero ya no sé donde encontrarla, ahora, me encuentro acostado en la cama, la reimagino, sus manos sostienen un libro, quiere leer pero su mente más que centrarse en las letras se centra en palabras y es de las palabras de las que infiere un significado concreto, está en la biblioteca, allí la encuentro. Me percato de que yo soy el muchacho, Miryam se encuentra sentada, desliza sus ojos, los enfoca en palabras, los mueve de lado a lado, es preciosa. El sol me había cegado dándome la impresión de que tal brillo solo podía aparecer en un sueño, mas resulta ser real, es su largo pelo rubio, lo lleva hasta el culo, es delgada, su mirada es verde esperanza, bonita por todos lados, además, leyendo parece intelectual. Saca una pluma y escribe algo en el libro, el cual es de tapa de dura, de cuero y no parece tener título.

Va a meter el libro en su bolso, que se tambalea de lado a lado con cada paso, el libro cae al suelo y ella ni se entera, entonces me agacho dispuesto a cogerlo y antes de tocarlo Myriam echa a correr. Grito su nombre pero no se gira, lo cual es raro, pues parece estar a la distancia oportuna para oírme. Finalmente, alcanzo el libro y me dispongo a leer:

Sábado, 16 de abril de 2016

Me acabo de sentar en el banco de la plaza del teatro, me siento sola. Hoy me he levantado triste, todo me sale mal, no paro de pensar en aquel grito que oí en la parada de bus de El Rollo. Creo que me gritó un muchacho, tenía el pelo castaño oscuro, tirando a negro, las pestañas largas, aunque menos que las mías, los ojos café oscuro y unos rosados labios. En resumen, era guapo a morir. No estoy segura de si fue él quien me llamó, lo que está claro es que sabia mi nombre, pero no lo volví a ver, por eso estoy triste.

Se me pone la carne de gallina cada vez que pienso en esa voz grave, melodiosa, algo quemada. Creo que me estoy enamorando de su voz, pero tengo asumido que es un amor imposible, pues no lo he vuelto a ver, aunque… una noche soñé y me imaginé a este muchacho hablándome con esa grave voz. En el sueño me encontraba en la playa, los granos de arena quemaban mis pies, tenía mucho calor, estaba acariciando su espalda. Me tocó él a mí, pero una canción, con su guitarra, a la que añadió su agradable voz.

Lunes, 18 de abril de 2016

Hoy me he dedicado a mejorar mi imagen, me he exfoliado los labios, para ello he usado un cepillo de dientes recién comprado. El proceso ha sido fácil, lo he mirado en Internet, solo he tenido que realizar movimientos circulares con el cepillo. ¡Ah!, y por fin me he atrevido a pintármelos, pero solo para ver como me quedaban, prefiero los labios al viento y pienso que un trozo de carmín oculta esa belleza natural.

No dejo de pensar en aquel muchacho, me gustaría saber su nombre, aunque no sé si lo volveré a ver. Tengo que parar y pensar en otro asunto, le suelo dar a las cosas más importancia de la que merecen, mas luego me las doy de que no me importa nada y también hago como que soy una señorita no susceptible. Lo cierto es que estoy en la edad que me llamen señorita, en mis tiernos veinte años, tengo mucho futuro por delante, hoy me he puesto guapa porque me han invitado a una boda, ¡me encantan las bodas! Carlos, el novio, no parecía pensar lo mismo, pues está pasando por su momento más amargo, le vienen mellizas y si se parecen a la madre serán un grupo de mujercitas un tanto mandonas, y claro, Carlos siempre quiso tener un hijo, lo decía desde antes de conocer a Sara, su mujer.

Yo aún no quiero tener hijos, les daría todo mi amor, pero no estoy del todo preparada, prefiero sacar mis estudios y disfrutar de la vida sin pensar en cambiar pañales. Últimamente disfruto la vida con mis ejercicios de relajación, a ver, no son exactamente de relajación, son ejercicios para volar, los hago cada día, algún día lo conseguiré, seré la primera mujer que vuele, aunque, si pudiera tener un superpoder, sería el de no tener dolor, pues las caídas a alturas de vuelo suelen ser muy desagradables, además, no tendría que soportar dolores de mujer, incluido el mal de amores.

 

Capítulo 3: La hoja rota

Cierro el diario de Miryam, la de hermosos ojos, y regreso al pensamiento más agradable, sus hilos de sol, su reflejo de madrugada, su calor desprendido y por mi recogido. Debo devolverle el diario, se lo devolveré aunque me pase la vida buscándola, tengo asumido que es el amor de mi vida, me bastaron segundos para saberlo y ahora es la propia naturaleza la que me la confirma con sus fenómenos, toda ella está en ellos y yo soy un simple espectador de tan admirable belleza, que con elocuente torpeza quiere captar el color, y el matiz de cada proeza de la misma lluvia espesa que reflejó bien su pelo, bien sus labios sin color, naturales como la naturaleza, como su saliva que empieza en su boca tensa, nerviosa en aquel beso, el primero de un sueño y de un maldito despertar como un perro.

Quiero devolverlo, pero no sé como encontrarla. Es de noche, señalo a la luna y la llamo Miryam, la amo, a la luna, a ella. A lo lejos diviso una estrella, es preciosa, la más agradable compañera la luna. Me da armonía, me da paz, está muy lejos pero me veo capaz de seguirla, espero que me lleve hasta ella, ¿hasta quién? Hasta la luna. Cuando la vea se lo pienso decir, ¿el que? «Que por mi parte quisiera besarte y abrazarte cada día en el cielo». Ya estoy confundiendo términos, ya confundo a la luna con Myriam, la amo tanto…

La noche se cierra mientras camino por la plaza del teatro, un transeúnte me increpa:

—¡Muchacho, está usted loco!

—Señor, cállese.

—Me callo, pero calla tú, que estás armando un jaleo. Bueno, déjame reprenderte porque primero me vienes hablando de la de hermosos ojos, luego saludas a la luna, y ya para rematar me dices que me quieres besar. No entiendo por qué te diriges a mí.

No me había percatado de que estaba diciendo todo en voz alta, pobre señor, se habrá asustado, no suelo ser así, no estoy loco, estoy enamorado, los locos son los demás.

Camino siguiendo a la estrella, no dormiré si hace falta, la seguiré hasta llegar a ella, pasarán las noches y seré fiel a ella, en contra de lo que el mundo me diga. Seré fiel a ella y a ella, a la luna y a la estrella, a Miryam por encima de ellas.

Reabro el diario de Miryam y continúo leyendo:

Miércoles, 20 de abril de 2016

Hay ciertas acciones que me hacen perder el tiempo, por ejemplo, prestar atención a los comentarios absurdos que hace la gente en el autobús. Siempre pensé que los consejos dados sin experiencia previa no servían de nada, también pensé que hasta los dados desde la experiencia tampoco sirven, pues la gente tiende a mentir, a exagerar sus historias, a engrandecer los pequeños placeres, ahora polvo gris del pasado, y a ocultar lo que no le interesa, heridas que teóricamente «borraron». Las heridas no se pueden eliminar, bueno, unas sí y otras no, hay heridas que quedan abiertas toda una vida y pasan la vida llenándose de bacterias e infectándose.

Mi herida, aunque me cueste reconocerlo, es mi tradición, lo peor es que resulta ser mi herida y mi mayor fortuna. Mi tradición está determinada por la educación que me dieron mis padres, a los que cuando crecía jamás les planteé dudas, todas las respuestas dadas por mi padre las tomaba como verdad absoluta y así hasta hoy. A veces siento que estoy haciendo lo incorrecto, pero aún así me da igual, porque una familia importa más que nada en este mundo, además, mi padre jamás se equivoca, suele ser dulce y tierno. Soy su hija predilecta, quizá porque me parezco a mamá.

Algunas noches miro al cielo y observo las estrellas, suelo elegir a una para dedicarle mi oración, es un rezo a la deriva, le rezo al propio mundo, a la propia obra mejor acabada, o puede que esté incompleta, quién sabe. Lo que sí que sé es que se lo podría preguntar a mi padre, él nunca se equivoca. Una vez fuimos a ver las estrellas, yo elegí una para él, pero no le gustó porque era poco vistosa. Le dije que había escogido esa porque a pesar de la distancia sentiría su protección, y más que eso, su cariño, algo que ni espacio ni tiempo podrían suplir. Más tarde, empecé a escoger estrellas para cada persona y a pedir cosas buenas por ellas, ¿por quién? Por las estrellas, por las personas, ya ni lo sé. Lo que sí sé es que reservé una estrella, la más lustrosa, la más especial para mí, me la guardaría para siempre, a día de hoy sigue siendo mi estrella.

Que señalaran a otras estrellas me daba igual, sin embargo, que señalaran a la mía me ponía celosa, no lo podía remediar, aunque se me pasaban los celos cuando pensaba en que nadie la podría alcanzar, ni si quiera yo.

Viernes, 22 de abril de 2016

Quise ser única, mi vida se basó en eso, y creo que lo conseguí. El problema no estaba en lo que hacía, sino en mi perspectiva, estaba situada delante de la ciudad pero una gran montaña me tapaba, me desplacé a la izquierda y por fin vi la ciudad. Lo que quiero decir es que todas las personas son únicas, pero pueden creerlo o no.

Miércoles, 27 de abril de 2016

Ya ni la seguridad de mis padres, mi estrella, ni nada me consuela. Empiezo a vislumbrar las invisibles huellas de aquel muchacho, creo que me estoy empezando a enamorar. No sabía que una persona se pudiera enamorar tan brevemente, de un segundo a otro, nunca creí en el amor a primera vista. Bueno, esto supongo que no cuenta como amor a primera vista, porque estoy enamorada desde hace unos segundos y lo vi hace ya tiempo.

¡Qué guapo es! Me pierden los ojos marrones, y cuando se los miré los tenía así. Tenía el pelo castaño, casi negro, las cejas gruesas pero no mucho, la nariz grande y varonil, y los labios finos. Lo mejor eran sus labios, quiero unirme a ellos. Me haría muy feliz, ¿el objetivo de esta vida es ser feliz? No lo sé, pues yo prefiero ser realista, y la realidad me dice que es prácticamente imposible que lo vuelva a ver. No lo conozco, pero lo añoro tanto…

Jueves, 28 de abril de 2016

(HOJA ROTA, A PARTIR DE AQUÍ NO HAY MÁS HOJAS LEGIBLES).

 

Capítulo 4: La amiga de Myriam

Algo muy raro me estaba sucediendo, me encontraba en el metro, sentada al lado de mi amiga Myriam, yo estaba confusa. Llevaba dos horas encerrada junto a personas que no conocía pero que seguro que me hubiese gustado conocer para matar el tiempo, bueno, en realidad empecé a conocer a una. Desde mi sitio veía a un hombre moreno joven que no paraba de mirarme muy disimuladamente, tuvimos tiempo para hablar minutos antes de entrar en el metro pero él se puso los auriculares en cuanto entró, entonces se paró el metro y nos quedamos así de quietos una hora y media. Viendo la situación en la que me encontraba toqué el botón de emergencia y las puertas se abrieron.

Salí corriendo. Sabía que no debía pulsar ese botón porque me había advertido un señor de que pronto el viaje proseguiría, aunque fue mayor mi tentación por hacer algo emocionante que abriera las puertas del metro y nos hiciese salir a todos de allí.

Para rematar estaba lejos de mi casa, debéis tener en cuenta que el tren se paró a los pocos segundos de montarme.

Lo peor es que me obligaban a pagar una multa ¿de cuanto? De tres mil euros por pulsar el dichoso botón porque vinieron en vano los servicios de emergencias, también tenía la posibilidad de hacer servicios sociales.

De primeras pensé que no podía ser posible lo de la multa, ya que yo creía que el botón de emergencia estaba para estas situaciones, pero en un instante me di cuenta de cual se acababa de convertir en mi principal preocupación: la multa la tendrían que pagar mis padres, debido a que tenía (y tengo) 17 años.

Finalmente, viendo que no podía pagar tanto dinero, me decante por realizar servicios sociales.

Yo nunca había conocido a nadie, me refiero a que nunca antes la gente me había abierto su corazón. Estaba ansiosa por conocer a gente que me contase sus secretos y que crearán su ambiente de confianza y placer, sobre todo placer. Placer por hablar, por transmitir información, por verte, por que le cuentes cosas, y placer por reír.

Estaba con la soga al cuello antes de que mis padres se enteraran, mi pelo largo castaño oscuro brillaba por entonces más que nunca, había alcanzado mi altura máxima, mis pestañas eran largas y perfectas, y tenía un lunar que lo podía tocar si ponía mi mano derecha tras la espalda un poco más abajo que mi hombro izquierdo, mi belleza era extraordinaria. Todas las chicas de mi clase me envidiaban, incluidas mis amigas. Para rematar mis ojos también eran castaños, lo cual mezclado a mi piel blanca y a mis labios rojos y finos de nacimiento hacían de mi sonrisa un superpoder de atracción visual.

Pensaba en que los zapatos de tacón me sentarían mejor que nunca, pensaba en irme de fiesta pronto, pero antes de eso mis padres tenían que saber lo de la dichosa multa. Entonces me dije a mi misma en susurros: Tu mientes bien, en esta ocasión vas a hacer lo correcto, los servicios sociales.

Me falta contaros que yo no acostumbraba a hacer lo correcto, siempre que podía me había saltado las clases, en numerosas ocasiones había engañado a mi familia para estar con mis amigas, a mis amigas para estar con mi familia, a los profesores para poder hacer los exámenes más tarde… Sobra decir que eran los de recuperación. En resumen, hacia lo que me daba la gana.

¿Realmente podría afrontar esta situación?

Me gustaba hablar en pasado de situaciones que estaban sucediendo en el presente. Sin embargo solo lo hacia cuándo me ponía nerviosa, ósea, siempre. De esta manera podía olvidarme de mis preocupaciones, últimamente no tenia ninguna. Mi vida era genial, oye ¿qué pasaría si hacia lo de los servicios sociales? Seguramente conocería gente ayudándola. Puede que me viniera bien ayudar a gente, ya que yo estaba en mi cúspide, en mi mejor momento de la vida y este contratiempo lo podía explotar y transformarlo en un privilegio.

Nunca me habría imaginado trabajando ayudando a ancianas que no son capaces de acabar de explicarte una historia interesante sin antes dormirse, o ayudando a chicos de los barrios marginales. Pensaba que estas cosas realmente no ayudaban porque la gente pija del “voluntariado” no era capaz de tratar bien a un anciano. Al igual que tampoco eran capaces de tratar bien a un gitano que no ha elegido su situación económica.

Todo esto lo pensaba de camino a mi piso, iba andando y mi pelo se balanceaba dejando ver mi rostro intermitentemente según mi flequillo moreno lo permitía.

Mi edificio se encontraba en el mejor lugar la ciudad, en el centro. Tenía vistas a una carretera por la que transitaban muchos coches. Prácticamente no había hora en esa ciudad, siempre había mucha gente caminando por la acera situada al lado contrario de mi piso y podía ver gente distinta cada vez que salía del portal.

Las veces que había hablado con esa gente había sido para pedirle la hora cuando iba con mis amigas de fiesta.

A lo largo de esta misma calle en una ocasión escuché como una mujer hablaba de que estaba tratando dejar de fumar. Sacó un cigarrillo de su bolso Channel y mientras se lo acercó a la boca agarró un mechero BIC amarillo, entonces le pregunté si tenía fuego. La mujer creyó que yo tuviera unos veinte años y puso el mechero en mi mano izquierda, en ese mismo instante eché a correr con el mechero. Le vino bien porque más tarde me enteré de que dejó de fumar gracias a mi actuación.

Las arañadas losas color grisáceo de la acera me indicaban que me encontraba cerca de mi edificio, caminaba sin parar mientras vislumbraba la fachada del mismo.

No me sentía cansada, pero sólo pensaba en dos palabras que me acompañarían durante mis próximos días: servicios sociales.

Mira que me preocupaban esas palabras, pero me preocupaba mas aún la explicación que le tendría que dar a mis padres para que ellos no se sintieran decepcionados.

Entonces mi pie derecho chocó con algo, se trataba de mi portal. Decidí subir por el ascensor hasta mi piso, ubicado en la séptima planta.

Abrí la puerta con mis llaves y…

-¡Menudas horas son estas! -exclamó mi mi madre medio enfadada-. ¿Te parecerá bonito?

-La verdad es que no era mi intención llegar tan tarde.

– ¿Y cuál era tu intención?

-Llegar como siempre.

-Ósea, aún más tarde…siempre vienes tarde del instituto.

La conversación se alargó hasta que le explique lo sucedido y se lo contó a mi padre, en circunstancias más habituales no les habría contado nada.

Capítulo 2: Volar

Yo era dueña de los malabares mentales de muchos chicos de mi edad, me refiero a que podía engatusar y enamorar a prácticamente cualquier chico sin siquiera darme cuenta. No obstante llevaba cuidado con eso, nunca intenté hacerle daño a nadie.

Fuí al instituto al siguiente día de que sucediera lo del percance del metro, el día fue nublado y llovió por la tarde.

Esa misma tarde hice mis ejercicios, y no me refiero a los del instituto, me refiero a ejercicios físicos que me servirían posteriormente. Estos ejercicios los hacía para cumplir un único objetivo: volar. Nadie me había explicado como realizarlos, realmente me los inventé un día del verano pasado en el que me encontraba aburrida, por esa época había roto con mi novio para liarme con otro. En ese momento no tenía novio, era libre y feliz.

Mi vida estaba siendo realmente emocionante, fue divertido mi último verano intenso en el que mis días eran cortos y mis noches de fiesta largas.

Cada día de verano tenía un nuevo cúmulo de pensamientos que fomentaba mi sonrisa y cuando no estaba con las amigas ni estudiando era porque estaba escuchando música.

Estaba siendo realmente feliz, y esa misma tarde fui al ayuntamiento para preguntar si podía empezar ya en los servicios sociales, una señora me informo de que si que podía y me dio a elegir donde quería trabajar.

Aunque me llevó mi tiempo pensármelo, elegí un colegio con niños de barrios marginales y aún así no quede muy decidida. No quería ser la pija de turno, así que ayudaría cuanto pudiera. Ayudaría fomentando la música, tocando la guitarra.

Sabía tocar la guitarra muy bien porque el novio con el que corté en verano me había enseñado, además de músico era atento, amable y estaba bueno. Podría pasarme días hablando con el y dejando que me acariciara el pelo.

De repente me di cuenta de que esa sensación que me estaba sucediendo en el metro me estaba volviendo a ocurrir, me encontraba rara porque acababa de pensar en mi exnovio.

Si esa sensación era amor, entonces ¿por qué la sentí también tras hablar con el chico que se puso los auriculares en el metro? Es imposible enamorarse de dos personas, tenía que decidir de quién estaba enamorada.

Realmente yo nunca había usado la palabra amor, yo hacía como si no existieran las palabras que describiesen ese sentimiento para poder experimentarlo al cien por cien. Pero en esta ocasión la palabra amor me salía de las entrañas.

Siempre había pensado que debía tener un objetivo en la vida, y en ese momento ya tenía dos: volar y saber de quién estaba enamorada. Sólo podría ser feliz cumpliendo estos dos objetivos y siguiendo con mi alocada vida.

Me encontraba pensando esto sentada en un banco color ocre, a mi espalda tenía una pequeña verja que protegía cuidadosamente unas espectaculares flores rojas. Tras las flores unas lonas también rojas, y tras las lonas el ayuntamiento de color rojo claro con relieves ocres y en lo más alto un reloj blanco de bordes negros que marcaba la hora en números romanos. Bajo el reloj se encontraban tres banderas que ondeaban con poca fuerza.

Si miraba a mi izquierda podía ver que había un mástil que colocaba en lo más alto la bandera de España. La plaza era enorme, ciertamente me ayudaba a pensar con fluidez.

Esta plaza era un sitio donde las gente paseaba o quedaba con las amigas. Entonces casualmente me encontré con mi exnovio que iba solo, me saludó y siguió andando para no hablar conmigo. Pensé en que era un estúpido.

Los de los servicios sociales me habían informado de que con una semana realizando servicios sociales sería suficiente, y todo empezaba ese mismo día en un colegio en el que la música no se había consolidado como asignatura.

Mi padre me llevó en coche al dichoso colegio del barrio marginal, me estuvo hablando de fútbol todo el viaje. Yo odiaba el fútbol, en ningún momento dí pie a esa conversación, pero sonreí para que mi padre se quedara contento. Mis padres no sabían nada de mis novios, siempre les contaba que había quedado con las amigas y ellos no indagaban.

Menuda fue mi sorpresa cuando entré con la guitarra a la clase que me habían asignado. Fue abrir la puerta y encontrarme con el chico del metro cantando, mi corazón latía más fuerte que nunca, mire sus ojos castaños como los míos, su pelo largo también castaño oscuro, y sus labios perfectos. El chico tendría que llevar bastantes años en eso de la música porque se le daba de diez.

Mis objetivos iban sacrificándose poco a poco para dejar hueco a un único objetivo: que ese chico me abrazara.

Estaba decidida, estaba completamente enamorada del chico del metro, un chico con el que solo había hablado una vez, un chico con el que por fin me había sentido tal y como yo era con solo mirarlo. Un amor a primera vista que había sucedido sin darme cuenta. Ya no tendría que preocuparme por el estúpido de mi exnovio, ahora sabía quien quería que fuera mi novio, aunque eso de novio es solo un nombre que se le pone a las cosas.

Realmente sabía cual era el motivo de mi vida, la gente cursi dice que el amor sucede porque si. Pues en este caso no fue así, el amor sucedió porque ese chico era una combinación de todo lo que a mi me gustaba.

Las mujeres no somos el rompecabezas de los hombres, todas las personas de este mundo somos un misterio, pero hay personas que son tan sencillas que de un vistazo se puede identificar como son. Bien, pues el chico del metro era el mayor misterio que había conocido, y aún así ¡lo había conocido con solo mirarlo! Lo bueno es que estaba en total conexión con él, lo malo es que no sabía si él estaba en total conexión conmigo. Pronto saldría de dudas.

-O…hola -me dijo el chico del metro. Me sentía bien porque parecía que estaba nervioso ante mi presencia.

-Hola -dije insegura. Pensé en que se dio cuenta de que yo también estaba nerviosa.

-¿Qué haces tu por aquí?

-Servicios sociales

Me había precipitado, había quedado como una loca delante de toda una clase a la que le tenía que cantar luego. Aún precipitándome salve la situación y remonte posiciones hasta ganar la carrera porque conseguí que se quedara a verme cantar y tocar.

Era consciente de que a los tíos les gustan las chicas que tocamos la guitarra, y a este me lo había ganado. Conocía esta situación de veces anteriores, este chico ya era mío, estaba mirándome de la misma forma que le miraba yo a él.

Me contó en lo que había pensado al verme pulsar el botón en el metro, me dijo que era salvajemente guapa. Todo lo dijo en voz alta, de manera que toda la clase se enteró de todo.

Estaba segura de que este no me iba a engañar, y si no lo hubiera conocido, cualquier persona que me hubiese dicho lo mismo que él hubiese tenido inmediatamente no el derecho, sino la obligación de acostarse conmigo.

Capítulo 3: Lo que me dijo antes del metro

No hacían ni dos días desde que pulsé el botón del metro y ya tenía un nuevo novio, el que me gustaba, el que me abrazaba, el que me sacaba interesante conversación de donde no había, el que hacía que sonriera, el que no me hacía pasar menos tiempo con mis amigas porque se llevaba bien con todas, el que desde entonces me acompañaría en los servicios sociales.

Estaba claro que lo había enamorado con mis ojos marrones y mi actitud de no hacer nunca lo correcto. Eso sí, a diferencia de mi exnovio el era como yo, el no cumplía las obligaciones y no tenía ataduras. No me podía decepcionar.

Avisé a mi madre de que volvería tarde a casa diciéndole que había quedado con las amigas, en realidad había quedado con mi reciente novio, pero no quería que mis padres se enterasen de nada.

Pasamos toda la noche juntos paseando por la ciudad, llegamos a la catedral de la ciudad, situada tras el ayuntamiento. Las luces de las farolas de la plaza hacían buena combinación con las de las farolas del ayuntamiento, posiblemente por eso ambas se encendían a la vez.

La plaza era amplísima si mirabas al frente a la derecha podías ver varios restaurantes que colocaban sillas y mesas fuera para que la gente disfrutara de la comida mientras conversaba y se dejaba llevar por el arte visual de la plaza alborotada llena de mas personas disfrutando de su tiempo de ocio.

Frente al ayuntamiento le lance una mirada sexy a mi chico del metro, entonces él me abrazo. Me encantó como me abrazaba, tocaba el lunar de mi espalda con la punta de los dedos de su mano izquierda, su pelo brillaba a ratos con la luz de las farolas y a la vez rozaba mi mejilla izquierda. Mientras me abrazaba me besó. Empecé a llorar de lo genial que me sentía, era la primera vez que me besaba.

Tras el beso me dijo las siguientes palabras mientras sujetaba mi espalda con fuerza:

-Uno de los mayores placeres de este mundo es disimular por una persona, hacer como si no te pareciera interesante para después lanzarle halagos.

>>En la vida nos marcamos muchos objetivos, pues yo he cumplido el más importante.

>>Estoy seguro de que lo único que me da espíritu, vigor y fuerza es la sonrisa de una mujer, tú sonrisa. Olvido lo que estoy pensando cuando te miro a los ojos, y eso es buena señal.

De golpe pasaron unos tres delincuentes bien vestidos que habían robado a una anciana que parecía intentar correr tras ellos, entonces mi novio acaricio mi cara lentamente y con toda tranquilidad salió corriendo tras ellos. Al cabo de unos segundos volvió con el dinero en la mano y se lo dió a la anciana, por si fuera poco, animó a la anciana contándole una entretenida historia que se acababa de inventar en ese momento.

Esa misma noche a la hora de dormir, me acosté en mi cama imaginando que me abrazaba cariñosamente y que yo lo abrazaba a él.

Antes de dormir me preocupe por mis amigas, con las que no había vuelto a quedar desde que me enamoré. Una de ellas estaba viviendo una relación a distancia. El resto de mis amigas no creía en el amor a distancia y le advertían de que se llevaría un desengaño con su novio.

Patética no es quién cree en el amor a distancia, sino quien cree que un fuerte amor se puede perder por estar lejos o simplemente por no poder verse. Es muy triste no poder comunicarte con la persona de la que estas enamorada, y es una gran estupidez pensar que el tiempo todo lo cura. El tiempo sumado a la distancia estropea el amor.

Finalmente me dormí, y viví el sueño que más me apetecía vivir. Soñé con la primera vez que hablé con mi chico del metro. Soñé con la conversación que tuvimos antes de entrar al metro:

Esperando para entrar, hablábamos de música y de grupos. A el le gustaban los Rolling, los Ramones y los Who. Aunque aclaró que con lo que más disfrutaba era con el grunge y otras ramas del rock.

Mencionó a Muddy Watters y a Chuck Berry, para mí era insólito oír la buena pronunciación en inglés. Entonces yo también le hablé de mis gustos musicales, le dije que últimamente escuchaba Taylor Swift por una canción que ponían en la radio que decía: “Amarlo fue rojo”.

Él me contó más cosas acerca de su debilidad por la música, precisamente me contó una anécdota que le sucedió en uno de sus conciertos.

En su anécdota, el se encontraba en un bar oscuro tocando la guitarra eléctrica de pie. El público era joven y “venía con sus defectos”. Le acompañaban dos chicos, uno a la batería y otro al bajo y al teclado.

Mi chico se preparó para tocar un solo, entonces un borracho le lanzó una botella de vodka que se hizo añicos al chocar contra el suelo del escenario. Mi chico saco un mechero del bolsillo, se agachó y prendió fuego.

Imaginé esa situación como si hubiese estado de espectadora en primera fila, y ese fuego lo sentí como el fuego que más tarde me prendería a mi al enamorarme con su personalidad y su encanto.

Mientras dormía profundamente noté mi felicidad mientras oía mentalmente “The Entertainer”, de Scott Joplin. Mi estado de ánimo alternaba entre do mayor y fa mayor, pero eso solo lo entiende quien sabe de música.

 

-CUENTO SIN FINAL-.

Nota del autor: Para escribir el cuento me basé en la historia de dos amantes.

administrador

Editor de LA DE GRANDES DETALLES editorial. Autor del poemario ERES, OBJETIVAMENTE, HERMOSA. Músico de rock.

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